De ser espectadora en el Campoamor a vivir de la ópera: el sueño cumplido de Carla Sampedro

LA VOZ DE OVIEDO

Esta joven ovetense siente pasión por la ópera desde la cuna. Se ha criado al compás de la música clásica y este género artístico se ha convertido en su forma de vida
27 dic 2024 . Actualizado a las 09:29 h.Es escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi, La donna e mobile de Verdi o el Nessun Dorma de Pavarotti e inmediatamente a Carla Sampedro se le eriza la piel, se le acelera el corazón a la misma velocidad que se le encoge, se le posa una sonrisa en su rostro y se le inundan los ojos de emoción. Y no es para menos que se sienta así. Esta joven ovetense de 26 años no entiende la vida sin la música clásica. Este tipo de género es la banda sonora de su día a día y también su amor eterno.
Estando ya en el vientre de su madre acudía casi semanalmente a la ópera y una vez que vino al mundo debajo de su brazo portaba el abono que le permitiría acudir a todas las actuaciones de canto lírico en el Campoamor. «Mi sitio estaba en la primera fila de general, arriba en el gallinero», precisa la joven, quien pisó por primera vez un teatro con tan solo tres años. Fue en Barcelona, en en el Liceu, donde vio la adaptación para niños de La Petita Flauta Mágica de Mozart.

Carla realmente creció y se crió al compás de los acordes de grandes compositores. Era raro el día en el que en su casa no se escuchase alguna canción de música clásica. A casi todas horas tenían puesto en el tocadiscos al gran tenor italiano. En estos «pequeños viajes sonoros», la joven fue desarrollando una sensibilidad especial por este arte hasta el punto de emocionarse cuando percibía algún tipo de sonido orquestal.
La primera vez que lloró al escuchar ópera tenía únicamente diez años. Había ido a ver a la mezzosoprano británica Alice Coote cantar la ópera Ariodante, de Händel, y en el momento que la vio sobre el escenario interpretar el aria Scherza infida se le removieron todos los sentimientos habidos y por haber. «Me quedé fascinada. No sé qué sucedió, no sé si fue magia o el qué pero sentí algo especial y de repente empecé a llorar, pero a llorar a lágrima viva», recuerda con un pequeño nudo en el pecho.

Ese mismo día, Carla se dio cuenta de que quería dedicarse en cuerpo y alma al canto lírico. Quiso por tanto convertir esa pasión que heredó de «toda» su familia —su bisabuelo, de hecho, recorrió medio mundo para ver ópera— en su forma de vida. «Tuve como una revelación», asegura. Aunque fue en ese instante cuando se percató de que quería ser una auténtica mezzosoprano, lo cierto es que no era la primera vez que había hecho sonar su melódica voz en público.
«Recuerdo que tenía cinco años cuando fui a ver un Rigoletto y de repente me levanté de mi asiento y me puse a cantar con el tenor. Mi madre estaba pasando una vergüenza terrible pero los abonados que estaban acostumbrados a verme por ahí empezaron a decir: “Déjala cantar, que da gusto ver a una cría cantando”», rememora. «Fue una anécdota muy divertida», apostilla.

Aunque lo suyo es puro talento y conocía prácticamente a la perfección la mayoría de las piezas de música clásica, para poder ser una buena mezzosoprano Carla sabía que primero debía formarse académicamente. Y así hizo. Cuando cumplió los 16 años se apuntó a clases de solfeo y de piano en el Conservatorio de Oviedo. Una vez que tuvo el nivel requerido se matriculó en la Escuela Superior de Canto de Madrid, donde ingresó al tener ya la mayoría de edad.
Como no sabía si el día de mañana iba a poder vivir de su pasión, decidió ir a la Universidad. Compaginó con «mucho esfuerzo y sacrificio» sus estudios de canto con los de periodismo. Consiguió incluso sacar tiempo para estudiar cuando en tercero de carrera le ofrecieron ser inspectora del coro del Teatro Real de Madrid. Ocupó este puesto durante dos temporadas y encima estaba a jornada completa, con lo que ello implica: tener mucho menos tiempo libre.

Este invisible pero fundamental trabajo le permitió ver de primera mano cómo era el mundo de la ópera por dentro y, por tanto, reafirmar su propósito de ser cantante profesional de ópera. Se empleó en diversos medios de comunicación como periodista cultural, mientras que poco a poco iba haciendo realidad su sueño y comenzaba a dar sus primeros pasos en su carrera como solista.
Sus primeras interpretaciones
Hacer de Clarina, de La cambiale di matrimonio de Rossini, en el Auditorio de las Rozas, en Madrid, fue el primer rol que tuvo como solista. «Fue una maravilla porque aunque era un personaje secundario tenía mi momento también. Como no tenía la responsabilidad de ser la protagonista lo disfruté mucho. Además, era un personaje súper cómico y a mí todo lo que sea hacer el gilipollas en el escenario me encanta», asegura entre risas.
Sobre el Teatro Real de Madrid interpretó también el papel de una de las aprendices de Los maestros cantores de Núremberg, una ópera de Richard Wagner. «Esa sí que fue toda una experiencia. Inolvidable diría. La repetiría una y mil veces», confiesa. Se convirtió además en Angelina, la protagonista de La Cenerentola, para debutar en el Teatro Circo de Albacete. «Fueron dos funciones que me llevaré para siempre», admite.
En dicho templo albaceteño ha reencarnado recientemente a Mercedes, una de las amigas y compañeras de Carmen, la protagonista de la obra de Georges Bizet. Hizo también, entre otros muchos papeles, de Rita para ambientar la zarzuela compuesta por Tomás Bretón y que lleva por nombre La verbena de la Paloma.
Apuesta por trabajar únicamente como mezzosoprano
Como de una actuación siempre le salía otra, la ovetense decidió dejar de trabajar como periodista para enfocarse de lleno en el canto y ver realmente si podía vivir de su voz. «La verdad es que sí, de esto sí se puede vivir. De hecho, tengo compañeros que viven haciendo personajes secundarios y viven muy bien. Para eso, creo, hay que tener los pies en la tierra y evidentemente no todos podemos ser Luciano Pavarotti o María Callas », asegura.
«Si el día de mañana no puedo cantar siempre papeles protagonistas y tengo que compaginar eso con papeles secundarios, fantástico. Que solo me puedo dedicar a papeles secundarios, pues seré muy feliz también», señala antes de confesar que ella lo único que quiere es poder ganarse la vida cantando ópera. «Al final donde más feliz soy es encima de un escenario», revela.

Su carrera como solista profesional ha empezado realmente a despegar gracias a su reciente debut en la Ópera de Oviedo como la Gran Sacerdotisa de la ópera Aida, de Verdi. «Aunque es un rol muy pequeño estoy súper agradecida. He aprendido mucho, sobre todo a manejar mis nervios cuando no estoy en el escenario. A mí ver al público realmente me relaja. Además, estar en una producción tan grande, con tan buenos solistas como son Àngel Òdena, Jorge de León o Carmen Giannattasio, para mi es un lujazo compartir el escenario con ellos y aprender de ellos, porque aquí nunca acabas de aprender», dice.
Antes de que acabe el año su voz sonará por encima del contralto pero por debajo de la soprano para dar vida a la novena sinfonía de Beethoven. Tiene además confirmadas algunas actuaciones para el 2025, mientras que otras están todavía en el aire. Lo único que puede adelantar es que trabajará codo con codo con el director artístico de la temporada lírica de Ópera de A Coruña, Aquiles Machado, para acercar la música clásica a los más pequeños de la casa.
«Se trata de un proyecto educativo en el que primero vamos a colegios para hacer talleres con los alumnos. Les enseñamos a cantar para que después se suban al escenario con nosotros para hacer la ópera Carmen», explica, antes de señalar que estas funciones colaborativas se llevarán a cabo Madrid, Sevilla, Canarias o Salamanca, entre otras muchas provincias de España.
La ovetense ya solo cuenta los días para poder realizar este trabajo. «Estoy muy ilusionada porque es un proyecto que ya he hecho en el pasado, con Las bodas de Fígaro, y lo disfruté lo más grande, de verdad. Es de lo más gratificante que he hecho, por el amor y el cariño que te dan los niños» confiesa la joven, quien en las últimas semanas no ha parado de recibir llamadas para realizar audiciones de cara al año que viene. «Tengo alguna cosa ahí que si se confirma sería muy interesante», confiesa sin desvelar el qué.
Así entrena y cuida su voz
Y mientras que espera con ilusión la llegada del nuevo año 2025, que estará cargado de nuevos papeles, Carla sigue dedicando dos horas al día a estudiar canto lírico. El resto de tiempo trata de cuidar su instrumento más preciado: su voz. «Como me gusta mucho hablar, busco ratos de estar sola. Intento dormir bien y no abusar de reuniones sociales. Evidentemente no grito, no bebo alcohol, salvo en ocasiones importantes. No fumo tampoco nada, es más, soy muy sensible al humo del tabaco», dice.
Los días que tiene actuación sí que procura estar callada el máximo tiempo posible y procura además no quedar con nadie para que así el instrumento esté «en plenas condiciones». «Es tan difícil o más cantar solo tres minutos que interpretar el papel principal. No por nada, sino porque en tres minutos tienes que estar al cien por cien, no te puedes permitir un error, y en cambio, cuando cantas un rol protagonista, pues si se te escapa un momento, no pasa nada», asegura.
Si le diesen a elegir un papel para que interpretase a quien ella quiera, sin dudarlo ni un segundo, Carla escogería cantar Ariodante, en el ariaScherza Infida. «Ese rol fue el que me hizo amar la ópera», manifiesta. ¿Y en qué lugar? También lo tiene claro: en el Metropolitan de Nueva York o en el Covent Garden de Londres. «Si algún día consigo eso, creo que al día siguiente me podría morir», asegura la joven quien a sus 26 años puede decir que ya ha cumplido su mayor sueño: trabajar de su verdadera pasión.
Algunas de sus anécdotas más entrañables
- «Cuando hice el rol de Mercedes, de la ópera Carmen, en el Teatro Circo de Albacete hubo un momento en el que tenía que estar como medio agachada sobre el escenario. De repente, el tenor Don José que estaba cantando a Carmen empezó a andar marcha atrás y yo ya veía que iba a caer sobre mí. Pero no, paró a tan solo unos centímetros. De repente me entró una carcajada de risa y no era capaz de mantener la concentración. No era capaz de parar de reír, porque claro imagínate la situación, casi muero aplastada por un tenor con lo pequeña que yo soy».
- «Una vez salí a escena y de repente se me rompió el vestido. Lo único que pensaba era: “por favor, que no me quede desnuda aquí” y no hacía nada más que colocármelo para que no se me cayera».
- «Dando un concierto en el Auditorio Nacional cuando me tocó cantar el pasacalles de los Nardos, el de Por la calle de Alcalá, de repente vi al público cantando conmigo. Fue algo que no me esperé para nada. Estaba pensando en la letra y me di cuenta que se la sabían mejor que yo. Es más, de repente me iba a trastabillar y no me equivoqué por ver al público cantar contigo».