
En la contra programación que montó el PP en la Vieja Castilla para restar «audiencia» al último congreso del PSOE, en el que fue reelegido secretario general Pedro Sánchez, Núñez Feijóo dijo que, en Sevilla, lugar del cónclave socialista, se había dado un «culto al líder», lo que es tan cierto como irrelevante porque los liderazgos, en política o en cualquier otra «cosa» humana, es una máxima, es condición el culto para que el líder lo sea verdaderamente. Por ejemplo, dos extremos en los últimos cien años: Lenin y Trump. Mucho más atrás, hace unos 29.000 años (Paleolítico Superior) se descubrió en Sungir, Rusia, un doble enterramiento de hombres modernos (Homo sapiens) junto a prendas y objetos valiosos y, al lado de uno de ellos, una extraordinaria lanza de más dos metros de largo. Este último sería un líder muy respetado, tal vez con connotaciones guerreras sagradas.
Así pues, sería más pertinente preguntarse, a propósito, de esta perogrullada qué horrible amargura recorrería la fisiología de Feijóo en el momento en el que soltó tal exabrupto por no ser él el objeto de culto y, todavía más cruel, que lo sea una compañera de partido, una tal Ayuso que, además, empieza a ser elevada a los altares por los más conspicuos de su devota «ganadería».
Ahora bien, de tener que elegir al más divino de los «españoles» de esta centuria, el honor recaería en Carlos Puigdemont, cuyos seguidores le tiene, cuando menos, tanta devoción y terror como los camboyanos le tuvieron a Pol Pot. Es absolutamente innecesario desgranar las flagelaciones a las que ha sometido, somete y someterá a propios y extraños, por obvias, por cegadoras. Pero sí nos sirve este xenófobo y racista collón para comprender un poco mejor la historia de España desde 2017.
En efecto, y a vuelapluma, el día 6 de septiembre de ese año, Puigdemont lideró una rebelión contra el Estado que convulsionó a Cataluña y a toda la nación hasta hoy mismo. El fanatismo identitario-religioso de ese poseso propició que una ola elevara a un conjunto muy numeroso de individuos con poca cabeza o, directamente, sin cabeza que pusieron contra las cuerdas la Constitución misma. Cuatro años antes se fundó Vox, ni más ni menos que el primer partido fascista con potencial en casi 50 años, coincidiendo con la atmósfera separatista agresiva del mentor del gerundense, el ínclito Arturo Mas, ahijado de un sempiterno delincuente, Jorge Pujol. O sea, un rosario, con sus adláteres, de mafiosos dignos de la rama político-militar de la «Cosa Nostra».
Sin embargo, otros brotes fueron más «verdes», singularmente el odio, a muerte en bastantes clanes, a Pedro Sánchez y las constantes embestidas antidemocráticas para derribar el Gobierno de coalición, en las que algunos jueces y fiscales y abogados están participando con consciencia e ímpetu colindante con la Santa Inquisición. Pero ¿por qué pactó Sánchez con Puigdemont, raíz de todas las plagas bíblicas que le está enviando esta tupida extrema derecha, en la que las sotanas negras deslumbran a la par que se incrementan las conjuras mediáticas, financieras y variopintas (¡vaya por Dios!: el BBVA acaba de desmentir en el juzgado a uno de estos «pintos», el autodenominado sindicato Manos Limpias, o sea Manos Pringosas, que acusó al hermano de Sánchez, David, de tener acciones por valor de 1,4 millones de euros; y debo confesar, siguiendo en el terreno de la justiciera Justicia, que me siento aliviado por no tener ningún vínculo, ni cercano ni lejano, con la esposa del presidente, porque me aseguro de no ser llamado a declarar como testigo y salir del interrogatorio como imputado)? ¿Pactó Pedro Sánchez para continuar en La Moncloa o para frenar a los neofranquistas, o por ambos motivos?
No puedo responder con honestidad a estos interrogantes, pero sí puedo afirmar, con idéntica honestidad, que, en parte, no le falta motivación a esta oposición política y más allá de la política, porque el presidente mintió y amnistió a todos y cada uno de los cientos y cientos de implicados en la subversión catalana. En todo caso, amén de si contó más o menos la ambición personal, ¿está justificado el pacto con Puigdemont para impedir un gobierno a lo Milei-Meloni, que anteayer se fundieron en un fraterno abrazo en Roma, llevándonos al Fascio de 1919? ¿Estaría en lo cierto Ione Belarra cuando dijo que la unión de los progresistas para bloquear el «chapapote» ultra tenía sus límites, los que pudiera imponer Podemos, dejando entonces que el mal mayor sustituyera al mal menor?
Todas estas cuestiones son nucleares y sobre ellas se está reconstruyendo una sociedad sin sólidos pilares democráticos, con una miserable argamasa moral y pendientes de un sociópata con rasgos narcisistas psicópatas, capaz, por tanto, de aliarse con Sánchez, con Feijóo, con Putin, con Kim Jong-un o con el Mefistófeles de Goethe. O sea: Puigdemont.
(Porque, finalmente, estamos hablando de hombres, y para ellos, para todos nosotros, este proverbio etíope: «Ha venido un hombre; se aproxima una pelea»).
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