
En tertulias serias o surgidas espontáneamente en la calle y en los medios de comunicación, sin excepción, hay temas recurrentes que llegan a aburrir de tan manidos que están. De Venezuela se habla más que del resto de los países del mundo juntos; la razón de ello habrá de descubrirse. Y Cataluña, siempre está en los titulares de periódicos y telediarios, en apariencia es la mayor preocupación de expertos, de opinadores y de políticos.
Nos chorrean hasta la saciedad con el rollo de la financiación singular, con el pacto fiscal, con el cupo catalán, con la financiación autonómica, con un totum revolutum de prolija terminología que da la impresión de que la mayoría ni sabe de lo que habla porque entender se les entiende poco. Ante tan confusas y reiteradas manifestaciones nos quedan dos opciones: una, apagar la tele y dedicarte a otra cosa, y dos, intentar aclararte por tus propios medios sin dejarte influir.
Un país como el nuestro, situado en los primeros vagones del variado convoy del globo, que trata de ser moderno y progresar en prosperidad, ha de asentarse en la tributación aportada por la colectividad. La aportación al fisco tiene que ser justa y suficiente para que sea capaz de mantener unos servicios públicos eficaces y modernos.
Servicios públicos de calidad al alcance de todos es lo que deseamos la mayoría de ciudadanos, siempre hay una minoría, con solvencia económica, que desearían que esos servicios fundamentales los costease cada individuo, lo que significa que quien no pudiese se quedaría sin remisión al pairo. Lo difícil es lograr esa meta deseada.
De igual manera que hay personas pudientes, o muy pudientes, hay otras a las que no le llega la camisa al cuello y a los que el fin de mes es siempre una meta muy sudada; lo mismo ocurre entre comunidades o entre municipios. Si se pretende mayor justicia social los que más tienen han de ayudar a los que menos tienen, de ahí emana la solidaridad individual o territorial. El problema surge en cómo hacer eso.
Se dice que Cataluña pretende una financiación singular, y se da entender que eso es una catástrofe. Singular o como quiera que se llame ha de ser diferente pues es diferente y singular. No se pueden poner en el mismo plano ni ser tratadas igual a Cataluña con seis millones de habitantes y a Castilla y León con poco más de dos millones y con una extensión tres veces mayor. Lo mismo ocurre si comparamos a Cangas del Narcea con Carreño; tienen un número de habitantes parecido, algo más de 10.000 pero sucede que Cangas tiene una extensión de más de 12 veces la de Carreño.
Ahora resta que quienes nos dirigen armonicen estas singularidades de la forma más justa. Esperemos.
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