20 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Ha sido una semana horrible para la democracia. El pasado día 12 de junio, 50 personas fueron asesinadas en un pub LGTB de Orlando por motivos homófobos, en el que ha sido el mayor atentado de Estados Unidos desde el 11S, y la mayor matanza cometida con armas de fuego en ese país. Pocos días después, el 16 de junio, la diputada laborista británica Jo Cox fue tiroteada y apuñalada cerca de la localidad de Leeds, mientras hacía campaña en favor de la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea. Según testigos presenciales, su asesino, antes de matarla, gritó «Gran Bretaña primero».

Estos dos acontecimientos, tan cercanos entre sí en el tiempo, nos han recordado con extrema dureza la fragilidad de nuestra democracia. Nos han recordado sin piedad que aún hoy es posible morir por defender unas ideas, o por amar libremente a quien desees hacerlo. Aunque la verdad es que nunca hemos llegado a olvidarlo del todo, porque los recientes atentados de París, o los que con mucha más frecuencia sufren en los países de Oriente medio, nos recuerdan con demasiada frecuencia que el fanatismo y la sinrazón pueden acabar con muchas vidas humanas. Nos muestran la superioridad moral y la falta de escrúpulos de quienes piensan que tienen derecho a matar a otros y a otras por pensar o sentir de manera diferente. Y si bien cualquier ciudadano del mundo tendría difícil olvidarlo, mucho más los españoles y españolas, que hemos sufrido durante largos años cosas parecidas. Primero, con la dictadura franquista, que ejecutaba a todo aquel que levantaba la voz y pedía democracia; y después, con la banda terrorista ETA, que se creía con derecho a ir contra todo aquel o aquella que no compartiese su manera de ser vasco. A menudo se dice, y con gran razón, que quien olvida su historia está condenado a a repetirla. No olvidemos nunca lo que hemos sufrido aquí, ni lo que se está sufriendo ahora mismo en muchos países del mundo, o pronto podremos vernos en situaciones muy similares.

Yo espero que extraigamos algún aprendizaje de lo ocurrido en Orlando y en Leeds. Espero que aprendamos que la crispación, el odio y la polarización extrema de la vida pública no llevan a nada bueno. Jo Cox era una mujer apasionada, que defendía con vehemencia aquello en lo que creía, desde un absoluto respeto a las personas que no opinaban como ella. Sigamos con su ejemplo, y aprendamos a confrontar políticamente sin señalar a quien tenemos enfrente, sin convertirlo en un objetivo para todos aquellos que no piensen como él o ella. Espero que nos entre en la cabeza que para una sociedad y una política mejor, debemos desterrar el odio.