María Neira aspira a dirigir la Organización Mundial de la Salud: «La salud no se genera en los hospitales»

Esther Rodríguez
Esther Rodríguez REDACCIÓN

ASTURIAS

La asturiana María Neira es candidata a la dirección de la OMS
La asturiana María Neira es candidata a la dirección de la OMS

La médica asturiana es la candidata española al puesto de directora general del organismo de las Naciones Unidas que pone en contacto a naciones, asociados y personas a fin de promover la salud

03 oct 2026 . Actualizado a las 18:03 h.

María Neira (La Felguera, Asturias, 1962) afronta ahora uno de los retos más importantes de su trayectoria: convertirse en directora general de la Organización Mundial de la Salud. Médica y especialista en salud pública, lleva más de tres décadas trabajando en el ámbito sanitario internacional, buena parte de ellas desde la propia OMS. Desde su departamento ha situado la contaminación y el cambio climático entre los grandes desafíos para la salud. Ahora, con el respaldo de España, aspira a ponerse al frente de la organización que se encarga de gestionar políticas de prevención, promoción e intervención en la salud a nivel global.

—¿Qué significa para usted que el Gobierno haya apostado por su candidatura?

—Son muchos años dedicados a la salud pública, con toda mi pasión y todas mis ganas. Creo que aportando también conocimiento y experiencia. Así que esto era como un paso más, obviamente, muy difícil, porque va a requerir mucha energía y mucha fuerza. Pero, obviamente, creo que la tengo. Estoy encantada y también agradecida, por supuesto, porque han creído en mí, en el Gobierno, y espero que muchos más. Así que nada, desde Asturias, con todas las ganas de ver cómo se puede avanzar en este reto. No va a ser nada fácil, pero el hecho de estar ya ahí, en esa lista corta de candidatos que podemos soñar o aspirar algún día a dirigir la OMS, ya es algo que me llena, francamente, de vértigo y de satisfacción.

—¿Por qué quiere dirigir la OMS?

—Fundamentalmente porque la llevo en mi código genético. Ya no tengo ADN, tengo WHO. Para mí es también una razón de vida, porque creo en la salud global y creo que podría movilizar toda la ciencia y toda la excelencia de la gente que trabajamos en esto para proteger la salud de las personas. También para avanzar en nuevas agendas que debemos abordar, para preparar a la OMS para los nuevos tiempos y los nuevos retos, para agilizar los procesos, para asegurarnos de que estamos lo más cerca posible de las personas, de que somos lo más relevantes posible ante los desafíos que tenemos en este momento y de que conseguimos el mayor impacto posible. Creo que tengo el suficiente conocimiento de la organización, por dentro, para saber qué habría que cambiar, modificar y agilizar. Para ganar esa confianza y ese prestigio basado en la ciencia que siempre ha tenido la OMS y que, por supuesto, hay que seguir mejorando. Creo que podría impulsar una serie de estrategias e iniciativas que darían muchos resultados a la hora de mejorar la salud de las personas y de prevenir, la prevención primaria es fundamental en este momento, al mismo tiempo que avanzamos en los grandes retos tecnológicos y de innovación. Hay que llevar las dos agendas al mismo tiempo.

«Tenemos que asegurarnos de que todo aquello en lo que la OMS va a invertir su capital humano y su energía sea aquello donde pueda tener un mayor impacto»

—Si asumiera el cargo, ¿cuáles serían los primeros cambios que haría?

—Primero tengo que escuchar, porque, aunque creo que conozco muy bien la organización, es una organización dirigida por los Estados miembros y, por lo tanto, hay que contar mucho con ellos también. Pero creo que habría grandes pasos que dar para agilizar todos los procesos lo máximo posible y asegurarnos de que todo aquello en lo que la OMS va a invertir su capital humano y su energía sea aquello donde pueda tener un mayor impacto. Tenemos muchos retos todavía por resolver. Desde las enfermedades infecciosas como la malaria o el sida en una parte del mundo o la falta de acceso al agua potable, hasta los nuevos retos relacionados con qué significan los microplásticos para nuestra salud, qué hacemos con la basura electrónica y con estas sustancias químicas, cómo mejoramos la calidad del aire que respiramos... En fin, muchos retos. Pero, si tenemos a la gente, para mí el talento de las personas es, obviamente, el oro que la OMS tiene en sus manos. La excelencia profesional, los mejores tienen que estar en la OMS, quienes tengan más que aportar y sepan cómo buscar la ciencia en otros lugares, porque ese es el poder de la OMS: el poder de convocatoria, de ir a buscar la ciencia y el conocimiento allí donde estén. Y, con ese oro, ser capaces de hacer lo máximo posible. No tenerlo solo en las manos, sino utilizarlo para impulsar una salud global, que es la que nos inspira al final de todo.

—¿Cuál debería, a su juicio, ser la prioridad sanitaria de la OMS durante los próximos años?

—La idea está en cómo se promueve, se protege y se estimula la salud, y luego también en cómo combatimos la enfermedad cuando la salud ya ha sido dañada. Por supuesto, ahí las enfermedades crónicas siguen siendo un desafío enorme, muchas veces relacionado con nuestros estilos de vida, con los factores ambientales a los que estamos expuestos y con las condiciones sociales y económicas que también determinan nuestra salud. La salud no se genera en los hospitales. Los hospitales devuelven la salud cuando la perdemos, o intentan devolverla, pero la salud se gestiona en muchos otros sectores para, precisamente, mantenerla y protegerla al máximo posible.

«Hay que devolver a la OMS el mandato que siempre tuvo»

—¿Cómo debería prepararse la OMS para la próxima pandemia? ¿Qué lecciones no se han aprendido todavía de la pandemia del coronavirus?

—Se ha adoptado este tratado de preparación para las pandemias, pero todavía falta un anexo importante y habría que seguir negociándolo. Hay que seguir buscando el consenso, pero empujando también al mismo tiempo. Se ha mejorado en cuanto a las redes de vigilancia epidemiológica, al intercambio de información y a una comunidad científica mucho más amplia. Pero, claro, hay que hacer mucho más y, sobre todo, trabajar con los Gobiernos a nivel nacional para que ellos también hagan sus planes y para que seamos, al final, una comunidad única, global, en la que todo el conocimiento esté a disposición de todos.

—La Organización Mundial de la Salud ha atravesado en los últimos años una crisis de confianza. ¿Qué haría para recuperar esa confianza de los Estados miembros?

—Para recuperar la confianza hay que devolver a la OMS el mandato que siempre tuvo: el de establecer normas y estándares, liderar los procesos regulatorios y ser la voz con la máxima autoridad y credibilidad del mundo en materia de salud global. Y, para eso, de nuevo, el capital humano. El mayor poder de la OMS reside en el conocimiento de las personas que trabajan en ella. Tenemos el privilegio de poder ir a buscar ese conocimiento a las universidades, a los centros de investigación, a donde sea necesario, y ponerlo al servicio de la salud global. Con eso es como podemos volver a ganar la confianza. En cuanto tengamos esa confianza, ese talento y esa excelencia científica, ahí es donde se va recuperando de nuevo la credibilidad. Y, por supuesto, habrá que seguir trabajando para conseguir que los 194 países que son miembros de la OMS vuelvan a ser 194 y que no nos falle ninguno más.

—De convertirse en directora, ¿cómo abordaría la creciente afluencia de la industria farmacéutica en las decisiones de salud global?

—Está claro que, si quieres hablar de salud global, tiene que ser algo muy incluyente, en lo que cada uno pueda contribuir con su capacidad y, desde luego, con muchas salvaguardas respecto a la independencia de la OMS. Las decisiones de la OMS tienen que tomarse de forma totalmente independiente, pero eso no significa que no tengan que contar con un proceso consultivo. A veces, cuando te falta cierto tipo de información, sobre todo de la industria farmacéutica, que es la que luego tiene que suministrar, desarrollar e innovar, hay que ayudarla también, o incluso influir para que destine sus recursos a lo que realmente son prioridades en salud pública. Esa influencia creo que tiene que ser importante también para que se puedan combinar los intereses económicos, pero haciendo que esos intereses económicos tengan como prioridad aquello que necesitamos en materia de salud pública.

 «Contar con el papel de los farmacéuticos, desde esa proximidad, para contribuir a la salud global me parece fundamental»

—Son ya muchos los años que lleva dentro de la OMS ¿qué parte de su trayectoria sería una verdadera ventaja para su candidatura?

—Tengo la suerte de haber empezado en la OMS como coordinadora del grupo especial de respuesta a epidemias y otras enfermedades diarreicas y epidémicas. Eso hizo que participara en muchas misiones sobre el terreno y que respondiera a epidemias en los lugares más remotos y diversos del mundo, y en situaciones de grandes dificultades. Esa experiencia también hizo que tuviera que crear muchos partenariados con distintos grupos para responder a esas epidemias, así como trabajar en cuestiones de logística para poder distribuir los recursos necesarios a los países que sufrían una epidemia. He trabajado en la parte de calidad y control de esos medicamentos, en la respuesta, en la seguridad alimentaria... En fin, todo eso me ha aportado muchísimo. Luego fui directora del departamento de enfermedades olvidadas, enfermedades de eliminación y erradicación, y eso también generó negociaciones incluso con la industria farmacéutica para determinados tipos de donaciones, como en el caso de la lepra o la filariasis linfática. Luego está la experiencia con el Gobierno en España, en la Agencia de Seguridad Alimentaria, para volver otra vez a la OMS y trabajar en determinantes ambientales, cambio climático, calidad del aire y otras sustancias químicas. En fin, toda la agenda, digamos, emergente Con lo cual, creo que, de alguna manera, he conocido toda la OMS, de arriba abajo. He estado expuesta a muchas reuniones, a muchas convenciones, a muchas cuestiones diplomáticas, a negociaciones de todo tipo... En fin, a todo. Creo que eso me da, aunque también tengo una responsabilidad enorme, la seguridad de que conozco bien qué se puede hacer con un organismo como la OMS y cómo podemos sacar el máximo partido de todas sus posibilidades.

—¿Qué le gustaría decir a alguien que no cree en la Organización Mundial de la Salud?

—Si no cree en la OMS, estoy segura de que cree en la salud, porque ese es un interés que nos mueve a todos. Y ahí es donde voy a encontrar el consenso: en creer en la salud. Porque ahí es donde nos encontramos todos. Ahí sí que no hay divergencias, no hay desacuerdos. Y, a partir de ahí, el problema ahora, o el desafío, es utilizar ese organismo, esa agencia, esa misión que tiene la OMS. Si no existiera, creo que habría que inventarla. Pero, claro, hay que utilizarla al máximo de su capacidad, con el mejor mandato posible y, desde luego, con el mayor impacto posible también.

—Va a inaugurar la nueva edición del Congreso Nacional de Farmacéuticos, en Oviedo. ¿Qué espera de este encuentro?

—El mundo farmacéutico es una parte importantísima de la salud global. Así que me han dado una alegría muy grande al invitarme a abrir este congreso y también me parece una oportunidad para embarcarnos en esta visión de la salud global, que es como un puzle compuesto por muchas piezas. Claramente, esa farmacia de proximidad, esos farmacéuticos que juegan un papel tan fundamental en la salud pública, como podemos jugar los médicos u otros profesionales, tienen que formar parte de ese crisol que haga que la salud global llegue a su máximo y, desde luego, que no se nos escape nada. Contar con el papel de los farmacéuticos, desde esa proximidad, para contribuir a la salud global me parece fundamental.