Loutfi Boudra cruzó el mar en kayak buscando un futuro mejor en Asturias: «Cuando un marroquí comete un delito, me jode más a mí que a un español»

Sergio Muñoz Solís
Sergio M. Solís REDACCIÓN

ASTURIAS

Loutfi Boudra
Loutfi Boudra

A los 16 años dejó su país a bordo de una canoa, pasó dos noches a la deriva y fue rescatado al borde de la muerte. Ahora, con 21, trabaja en Gijón y lucha contra los prejuicios: «Los inmigrantes venimos a aportar»

01 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La historia de Loutfi Boudra bien podría merecer una película. Este joven marroquí decidió, con apenas 16 años, abandonar su país natal para «tener un futuro mejor» en España. Lo hizo a bordo de un kayak, en una travesía que casi le cuesta la vida, varado en alta mar sin agua, comida ni remos durante dos noches, hasta que fue localizado por los servicios de rescate. Tras pasar por varios centros de acogida en distintos sitios de España, Boudra se asentó en Gijón, donde trabaja y se siente totalmente integrado: «La mayoría de inmigrantes venimos a esforzarnos y aportar a la sociedad».

Siendo todavía un adolescente, Boudra comenzó a trabajar en Marruecos para poder llevar dinero a casa. La situación en su hogar lo requería, con su padre enfermo y su madre alternando oficios para mantener a la familia. Según relata, el joven soñaba con llegar a Europa, encontrar un empleo en el que desarrollarse y tener una mejor calidad de vida: «Allí hay muchos niños que piensan así». Tras un largo periodo de reflexión y un primer intento frustrado por su tío cuando le reveló sus intenciones de cruzar el Estrecho desde Tánger, en el año 2019, Boudra convenció a dos compañeros para hacerse con un kayak y echarse al mar: «Era una cosa impensable. La mayoría de inmigrantes pagan a alguien para que los acerque o consiguen una patera». Pese a la complejidad de su estrategia, decidieron seguir adelante.

«Salimos de noche, para que nadie nos viera, con el plan de llegar a Tarifa por la mañana», explica. Sin embargo, todo se torcería cuando, ya en el mar, las corrientes y los vientos empujaban su embarcación hacia el oeste, es decir, hacia el Atlántico. «No se ve nada, no ves si hay olas, no ves ni a tu compañero», cuenta. Después de pasar toda la noche remando, su desengaño llegó con el amanecer: «Cuando se hizo de día y miramos alrededor y no había tierra por ningún lado, me di cuenta de lo que había hecho», recuerda. Ahí fue cuando comenzó a «pensar en la muerte».

Después de dos noches a la deriva en alta mar, sin comida, sin agua y habiendo perdido los remos por el agotamiento, el grupo abandonaba toda esperanza de salir con vida, aunque fuera para regresar a Marruecos. «Sentía que aquello era un sueño, que iba a despertar en algún momento», narra. «Es muy jodido estar en esa situación. Sabes que vas a morir y no hay nada que puedas hacer. Pensaba en mi familia y en mis amigos. No iban a tener ni un cuerpo que enterrar», desarrolla.

Por suerte, su fortuna cambió ese segundo día al encontrarse con un barco mercante que, si bien no pudo recogerlos en el momento, avisó a los equipos de rescate españoles para que atendieran a los jóvenes. «Vino un helicóptero y dio dos pasadas por encima de nosotros. Fue el momento más feliz de mi vida», subraya Boudra. Cuando fueron hallados, el grupo se encontraba a una enorme distancia de las costas españolas, «a una hora volando en helicóptero», precisa el joven.

Tras llegar a tierra, Boudra paso por varios centros de acogida en Andalucía, los cuales describe como «saturados» y con «mal ambiente». Después, viajó hasta el País Vasco y permaneció una temporada en Bilbao, paso previo a su llegada a Asturias, al centro de San Claudio. Una vez en el Principado, el joven comenzó a formarse. Primero aprendiendo español, idioma del que no tenía conocimiento alguno, y después con cursos relacionados con el sector de la construcción y con la prevención de riesgos laborales. Ahora, a sus 21 años, Boudra se ha asentado en Gijón, trabaja en una empresa de instalación de oficinas y ha regularizado su situación en España: «Acabo de obtener el permiso de residencia de larga duración». El siguiente paso será conseguir la nacionalidad española, trámite que afirma haber comenzado.

«Con toda la gente que me he encontrado aquí me he llevado muy bien. Nunca nadie me trató de forma racista», sostiene, si bien precisa que en ocasiones debe enfrentarse a ciertos prejuicios: «Sí noto a veces que la gente, cuando estoy por la calle o intento hablar con ellos, se piensan que les voy a robar y me tratan con desconfianza». El joven lamenta que un importante sector de la población rechace la inmigración y la asocie con conflictividad y delincuencia: «Uno no elige donde nace. La mayoría venimos a trabajar y a aportar, nos esforzamos para adaptarnos a otra cultura porque solo queremos vivir mejor. Detrás de estas personas hay familias que alimentar». «Cuando un marroquí comete un delito, me jode más a mí que a un español. Por culpa de esos, se mancha la imagen de todos», añade.

Finalmente, echando la vista atrás, Boudra reconoce que su travesía pudo haberle costado la vida y desaconseja a sus compatriotas tomar el mismo riesgo: «No recomiendo a nadie lo que yo hice. Soy muy feliz con lo que he logrado, pero no lo volvería a hacer. Las consecuencias pudieron haber sido muy jodidas». «Que vengan de forma legal, sin prisas, cueste lo que cueste», insiste. El testimonio del joven marroquí refleja la dura realidad de quienes arriesgan todo en busca de una vida mejor y demuestra que, pese a los prejuicios, es posible integrarse y contribuir positivamente a la sociedad.