Javier Guillén, el ingeniero que perdía memoria y a los 70 estudió Arquitectura

La Voz A CORUÑA / LA VOZ

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CESAR QUIAN

Después de 40 años proyectando fábricas, decidió dar de comer a las neuronas y cerrar el círculo. Acaba de ser distinguido con el premio extraordinario de la UDC a sus 76 años

30 mar 2025 . Actualizado a las 11:30 h.

Cuando el ingeniero industrial Javier Guillén (A Coruña, 1948) dejó la escuela de San Sebastián, a la que había llegado años atrás con su guitarra y su caña de pescar, salió con un título bajo el brazo y una lección existencial para la vida, «la certeza —explicó ayer en el vestíbulo de Arquitectura— de que cualquier problema, por complicado que fuera, y aunque no tuvieras ni idea de aquello, serías capaz de resolverlo». Tal era la exigencia de la carrera y la magnitud del esfuerzo al que debían encomendarse los alumnos.

Siguiendo ese método —«ser muy cabezón» y «poner toda la atención en lo que estás haciendo»—, Guillén diseñó proyectos de fábricas durante 40 años. Pero llegó la jubilación. «Vi que empezaba a perder memoria muy rápido, supongo que por la falta de adrenalina que segregas cuando tienes una empresa y proyectos muy exigentes —interpreta—, y entendí que había que darle de comer a las neuronas».

El camino para hacerlo ya estaba iniciado. «Con 15 años de profesión, me di cuenta de que me faltaba algo. La fábrica se concibe como una máquina, pero también es un edificio y un edificio debe expresar algo», apunta. Esa ansia lo llevó a la Arquitectura, «al arte, el simbolismo, las formas, los volúmenes, los vacíos, el espacio». Acabó con 73 años y un 7 de nota media. Después, el máster habilitante, y ahora, el de rehabilitación. Este viernes, a sus 76 años, recibirá de manos del rector uno de los premios extraordinarios de máster de la Universidade da Coruña.

«Estudiar en esta escuela fue una aventura fantástica», celebra. «La única peguita es que son un poco agarrados con los proyectos de fin de carrera. Deberían puntuarlos más altos, por los logros y no por las deficiencias. Es su primer proyecto y es el último recuerdo que se llevan. Un 5, un 6, muy injusto, un pago inmerecido a una etapa de esfuerzo titánico», defiende el ingeniero-arquitecto y mira «a los que tienen un don, porque lo ves mientras dibujan, y, como Le Corbusier, nunca acabarán la carrera. Tiene que haber un sitio para ellos», propone.

Javier Guillén dibuja, pinta, pesca robalizas, corre, canta y toca la gaita y el piano. Su madre, «una ávida lectora», les puso a sus cinco hijos, siendo niños, una luz encima de la cama para leer un ratito antes de dormir.