Hibai Arbide: «Ni yo mismo era consciente del grado de crueldad en las fronteras de la Unión Europea»
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El periodista vasco basado en Grecia afirma que en un mundo tan convulso, «nadie sabe de aquí a diez o veinte años quiénes deberán huir de sus casas»
24 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Desde hace más de una década, el periodista vasco Hibai Arbide (Leioa, 1979) está basado en Grecia y se ha especializado en la cobertura de las fronteras de la Unión Europea. Fruto de esa labor, acaba de publicar el libro Con el agua al cuello (Editorial Capitán Swing), donde recoge testimonios y pruebas del maltrato a los migrantes en las costas griegas, que denomina la «peor frontera de Europa».
—El libro empieza con la crisis de los refugiados del 2015, pero usted no está de acuerdo con ese término.
—No, en todo caso, fue una crisis de valores, de recepción o de gestión de la llegada de los refugiados derivada de la militarización de las fronteras. Y eso, lleva a menudo a la violación de la legalidad y del derecho internacional. Este término refuerza la idea de que las migraciones son un problema. Lo que pasó en aquel año y los siguientes es un ejercicio del derecho a la protección a causa de la intensificación de varios conflictos, en sitios como Siria y Afganistán.
—¿Cree que el ciudadano medio europeo es consciente del grado de crueldad y de los abusos sistemáticos en las fronteras de la Unión Europea?
—No es una realidad conocida. De hecho, ni yo mismo era consciente del grado de crueldad y de que era algo sistemático, que se produce todos los días. Cuando empecé a recibir los testimonios, tendía a pensar que era algo excepcional. No podía asumir que pasaba todos los días. En Grecia, concretamente, hay una parte que ha decidido mirar hacia otro lado, pero hay una parte que no sabe. Y esto tiene que ver con las dificultades que tenemos para contar estos fenómenos.
—¿Cuáles son estas dificultades?
—Es más fácil que te den espacio para explicar una violencia extrema que pasa de forma circunstancial que aquella que sucede todos los días, pues pasa a ser normalidad.
—-¿Cree que los medios españoles no hablan lo suficiente del tema, o no lo hacen bien?
—Se habla mucho, pero la extrema derecha ha desplazado tanto el debate que a veces hablar de las víctimas de las políticas migratorias es calificado como activismo en lugar de periodismo. En cambio, defender posiciones antiinmigración no se ve como activismo. El problema también tiene que ver con la precariedad en la que trabajan los medios, que dificulta abordar estos temas en profundidad. Es más fácil soltar números de llegadas de migrantes, lo que eclipsa sus historias personales. Por último, los medios creen que este tema no da audiencia, que no es rentable. Pero The New York Times ha demostrado que no es así.
—¿Hasta qué punto hay una complicidad de las más altas instancias administrativas o políticas europeas?
—No es posible concebir el grado de violencia que se ejerce todas las noches en las costa griega sin un encubrimiento de Frontex. Su propia oficina de derechos humanos tiene informes que reconocen la existencia de paramilitares que actúan junto a los guardacostas, de violaciones de derechos fundamentales cotidianas, e incluso llegó a proponer por esta razón la retirada de su misión en Grecia. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado a Grecia y reconocido que las devoluciones en caliente son sistemáticas. A pesar de todo ello, la respuesta ha sido aumentar sus medios.
—Un refugiado en Lesbos le dijo que en el futuro la dirección de las migraciones podría ser la inversa. ¿Es el nuestro un egoísmo miope?
—Si, efectivamente. El mundo está cambiando de una manera tan convulsa que nadie sabe de aquí diez o veinte años quiénes deberán huir de sus casas. En la parte del mundo donde vivo, mucha gente no se podía imaginar hace veinte años que les tocaría marchar de refugiados. Y lo mismo los ha sucedido a los ucranianos.
—En el libro explica que no está de acuerdo con la diferenciación entre el migrante y el refugiado. ¿Por qué?
—Porque es fácil de hacer cuando te vas a los ejemplos extremos o evidentes, pero la mayoría de gente que emigra está en una escala de grises difícil de definir. Por eso, la diferenciación acaba siendo inoperante. En todo caso, las fronteras están cerradas para unos y otros, y las violencias las sufren ambos pues es previa a que se examinen sus casos.
—Usted se posiciona a favor de no restringir las migraciones, pero muchos le responderán que las sociedades europeas no tendrían capacidad de mantener los servicios públicos para tanta gente...
—Si hubiese vías legales para emigrar, si se pudiera entrar y salir, nadie se vería obligado a quedarse en un lugar donde no hay trabajo o recursos para acogerlos. Además, Europa no puede abstraerse de su responsabilidad histórica de haber creado un mundo tan desigual como el que tenemos. Por otra parte, no hay que olvidar que los países que acogen más migrantes no son de Occidente. Y, no solo eso, son países más pobres, como Turquía o Pakistán.