Yoon Suk-yeol: un mal estudiante que se granjeó la fama de fiscal implacable

Carlos Peralta
Carlos Peralta REDACCIÓN / LA VOZ

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Yoon Suk-Yeol, durante el discurso televisivo en el que anunció la ley marcial.
Yoon Suk-Yeol, durante el discurso televisivo en el que anunció la ley marcial. The Presidential Office | REUTERS

El presidente de Corea del Sur desempolvó sus palos de golf para entablar relaciones con Trump y se esforzó por mejorar las relaciones con el país norteamericano y con Japón

27 dic 2024 . Actualizado a las 18:54 h.

Yoon Suk-yeol (Seúl, 1960) llegó a la presidencia de Corea del Sur con fama de implacable. Se la ganó a pulso, después de pasar décadas como fiscal y dos años como fiscal general del país.

«No soy fiel a ninguna persona», llegó a decir en el 2013 en la Asamblea Nacional que ayer resistió a los militares, cuando investigó si el Servicio de Inteligencia interfirió en las elecciones para apoyar a la presidenta Park Geun-hye. Hoy es el jefe del Estado acorralado por una impopularidad acuciante y una breve y polémica ley marcial, pero antes llegó a juicio a dos presidentes: la conservadora Geun-hye y Lee Myung-Bak, del Partido Democrático.

Esta formación de centro izquierda le derrotó con solvencia en las elecciones legislativas de abril. El PD explotó la visión de que Yoon era un elitista. Durante la campaña, el presidente acudió a un supermercado y destacó el precio de las cebollas verdes. Pero el importe estaba considerablemente rebajado por la compañía. Sus rivales no desaprovecharon el despiste. Salieron a la calle disfrazados de cebollas verdes. Finalmente se impusieron y tanto la Asamblea como el primer ministro cambiaron de color.

A Yoon le costó mucho empezar como fiscal. Le lastró primero su pasión teatral, al interpretar precisamente a un fiscal en una obra que representaba un juicio militar al dictador Chun Doo-hwan, lo que le costó meses en la clandestinidad. El hoy presidente era un joven no solo implacable, también testarudo. Tardó nueve años en aprobar la carrera de Derecho en la prestigiosa Universidad Nacional de Seúl. Y eso que sus padres eran ambos profesores universitarios. Aprobó finalmente en 1991, con 31 años, ya en democracia.

Después de enjuiciar a presidentes y empresarios poderosos de Hyundai y Samsung, su entrada en el ruedo político destapó el frasco de las esencias. Yoon se descubrió como un opositor de las políticas de género. Abogaba por eliminar este Ministerio. Además, sugirió ampliar a un máximo de 120 horas la jornada laboral semanal.

Por poco, menos de un 1 % de margen, llegó al poder. Entre sus primeras medidas está cambiar la residencia oficial del jefe del Estado. Ahora, la Casa Azul es un parque público. También dio un giro de 180 grados en política exterior.

Su conversación con Trump tras la victoria electoral del republicano es reveladora. Doce minutos en los que elevó su apuesta por la relación «trilateral» entre Estados Unidos, Japón y su país. De hecho, su primera medida para adaptarse al magnate fue desempolvar sus palos de golf.

Añadir a Japón en esa ecuación era antes impensable. Pero Yoon opta por pasar página a las rencillas por un pasado colonial. No en vano, fue el primer jefe del Estado surcoreano en visitar Tokio en 12 años. Su llegada al poder acrecentó las tensiones con el vecino del norte. Yoon no descartó un ataque preventivo si se siente amenazado y reanudó maniobras militares junto a EE.UU y Japón.