Todo Kafka en el tramo corto

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Franz Kafka (Praga, Bohemia, Imperio austrohúngaro, 1883-Klosterneuburg, Austria, 1924), retratado alrededor de 1906 por Sigismund Jacobi.
Franz Kafka (Praga, Bohemia, Imperio austrohúngaro, 1883-Klosterneuburg, Austria, 1924), retratado alrededor de 1906 por Sigismund Jacobi.

Páginas de Espuma edita los «Cuentos completos» del autor praguense de camino al centenario de su muerte, que se cumplirá el 3 de junio

22 abr 2024 . Actualizado a las 09:19 h.

El alcance de la obra de Franz Kafka (1883-1924) siempre es motivo de acalorado debate. Si hubiese que atenerse al escritor, los textos que él dio por concluidos apenas alcanzan las 350 páginas. Otra cosa son los 3.400 folios de anotaciones de diarios y fragmentos literarios —entre ellos, tres novelas incompletas— que, según dejó dispuesto a su amigo Max Brod, debían ser destruidos a su muerte. El propio autor ya se había desecho de una parte cuya amplitud hoy no se puede precisar. Así lo explica Reiner Stach (1951) en su monumental biografía del genio praguense, a quien el lector conoce un poco mejor gracias a este trabajo —publicado en España por Acantilado— y, sobre todo, a que Brod traicionó los deseos de Kafka y «publicó su legado hasta donde pudo reunirlo».

La extensión y el carácter de su producción literaria son, por tanto, subjetivamente cuestionables. Así lo entiende también Alberto Gordo, que ha hecho su propia medición de los Cuentos completos que ha traducido para el sello Páginas de Espuma, y que presenta en un único volumen de casi seiscientas páginas. Con un criterio razonable, se ciñó a la ficción, dejó fuera las prosas y piezas autobiográficas y las tres novelas El proceso, El castillo y El desaparecido —que Brod titulaba América y de la que se salva aquí el primer capítulo que Kafka publicó en vida como relato exento, El fogonero—. Gordo recuerda que sigue en gran medida la edición alemana que Roger Hermes confeccionó para la casa S. Fischer Verlag —evita así las injerencias hoy inaceptables de Brod—, y añade dos piezas que juzga claves: Descripción de una lucha y Cuando Eduard Raban...

Más allá de aquella afirmación de «yo soy la literatura» que Kafka dejó consignada en sus diarios, sí que es cierto que escribir fue una obsesión vital, la de un hombre que trabajaba como funcionario en una oficina de seguros que murió prematuramente a los cuarenta años y once meses. Su tiempo apenas le dejó espacio más que para la tarea de la escritura, que afrontaba con una autoexigencia y una porfía que acabó por estragar las escasas relaciones sentimentales que intentó y que no contaba con la valoración del padre —que solo guardaba un fastidioso desinterés para los desvelos del hijo—.

El lector ahora sabe lo que el autor nunca supo con certeza, que aquel esfuerzo extenuante, casi patético, del escritor judío mereció la pena. Como apunta de alguna forma Gordo, el volumen es un tesoro solo por incluir tres cuentos como La condena, El fogonero y La transformación, que —ya arrumbado su mítico nombre de La metamorfosis— sigue siendo una referencia.

El hombre exhausto

Dice Andrés Neuman en el prólogo que todavía no ha conseguido despertarse de la historia de Gregorio Samsa convertido en insecto desde que siendo un niño la leyó en casa de sus abuelos. Y añade el escritor argentino que, entre las muchas interpretaciones posibles, cabe la muy sencilla del reflejo del hombre exhausto, agotado por su aciago trabajo, que era así además como aseguraba sentirse Kafka.

Gordo aprecia especialmente también las tres piezas de madurez He provisto la construcción..., ¡Cómo ha cambiado mi vida... y Josefina la cantante o el pueblo de los ratones, última narración que Kafka corrigió para dar a imprenta. Descripción de una lucha, subraya el traductor, debe figurar porque en este texto (en el que el autor trabajó siete años) se halla ya el elemento onírico que será decisivo en su obra.