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Martes 2 de Octubre de 2012

Ángel Falcón: 'Mi Voz'

Hoy busqué LA VOZ en los kioskos y me pareció verla allí, me reclamaba con su cabecera azul, hermosa. Intenté comprarla pero fue inútil. Fui a la redacción y allí hablamos, saludamos a antiguos compañeros (una gran emoción), recogimos viejos cuadernos. Ahora vivimos nuestra terapia de grupo, el duelo. La aflicción. Y pensamos en nuestros lectores. A los que hemos dejado en la estacada, huérfanos. Lo sentimos, pero no fue nuestra culpa.

20/04/2012 21:22 / / OVIEDO

-¿Hola, y tú quién eres?

-Soy Ángel, el nuevo.

-Pues siéntate en la mesa que quieras, entra en el ordenador, el sistema operativo es sencillo. Llama a Tráfico y que te cuente la Operación Regreso de la Semana Santa. Y no me des la lata.

¿Pero dónde estaba yo? Corría el mes de abril de 1990 y el tío que me hablaba tenía un teléfono en cada mano. Al interlocutor de la mano zurda le estaba soltando improperios y al de la mano diestra, unas risas contagiosas. Era el gran Tano Ramos, que ahora anda por Cádiz. En ese momento, me percaté de varias cosas. A saber: A) Que los periodistas solemos relacionarnos a gritos. B) Que este periódico optaba por la autogestión C) Que si no espabilaba iba a acabar como el interlocutor de la mano zurda.

Yo era un pipiolo de categoría que venía desde Madrid de la mano de Faustino (y del enchufe de Cándido). Aquel día abría las puertas la sede de Puente Nora tras su paso por General Elorza y la redacción estaba vacía y llena de cajas. Eran las 11 de la mañana. Empezaba para mí una aventura que ha durado 22 años y que me ha convertido en lo que soy ahora: un pipiolo de categoría, con más kilos, más canas, más ojeras y un amor desproporcionado al periodismo que ni yo alcanzo a entender. En LA VOZ, mi casa, lo aprendí todo –me lo enseñaron todo--. Gente como Luis, Piñe, Rebus, Rodolfo. Los primeros. Y Faustino y Cordero, con sus máquinas de escribir, ensayando sinfonías entre los silencios del bit. Luego llegaron muchos más. De todos ellos -sin excepción-aprendí algo. A escribir, a titular, a vivir la noche, a corregir los errores, a no madrugar en exceso, a reír, gritar, preguntar, debatir, bailar, pensar, charlar, contrastar. A tirarme de los pelos. A tener amigos. A coger el periódico caliente en la rotativa. A cenas de medianoche y desayunos al alba. Periodismo.

Ayer se me rompió el corazón. Es una frase que a los yanquis les encanta introducir en canciones country tipo Patsy Cline y que yo no entendía de manera cabal. Verán. Entre el pecho izquierdo y el derecho se hace un vacío. Y también entre ambos pulmones, de tal manera que cuesta respirar y las pulsaciones se disparan. Además, a través de la columna y la médula espinal, llega al bulbo raquídeo una serie de impulsos que te hacen temblar y que alcanza al lagrimal, con unas irrefrenables ganas de llorar. Aguantas como puedes, con los músculos abdominales encogidos, la espalda tensa, las manos entrelazadas, sudorosas. A mí se me rompe así el corazón. Ayer, cuando supimos que LA VOZ iba a desaparecer, sentí la ausencia como la de un ser vivo porque esa era la virtud del periódico. Un ente vivo, que se ramificaba, que contaba historias y contenía emociones y pensamientos, que no pasaba indiferente, atrincherado en tiempos difíciles. 89 años al servicio de la sociedad asturiana, un testigo fiel de los hechos, al que han contribuido generaciones de reporteros. La gran escuela de LA VOZ, por la que pasaron poetas insignes, crápulas sin remedio, periodistas ilustrados, aprendices eternos. El magma de una redacción, ese territorio maravilloso. El edén.

Los últimos meses de LA VOZ han sido muy crueles. Hasta aquí hemos llegado exhaustos. Hemos rozado los límites, agotados, con cargas de trabajo descomunales pero con un espíritu que nunca antes en 22 años había visto de manera tan exacerbada. La solidaridad, la unidad de una redacción. El deber informativo. La garra competitiva, el compromiso con los lectores. La responsabilidad. El respeto. El orgullo de haber formado parte de ella, de haber trabajado rodeado por esos tipos. Háganme caso. No es una hipérbole de Quevedo. Son los lazos que teje el esfuerzo y que yo no olvidaré nunca. Los tengo grabados aquí, en el corazón roto.

¿Cómo se despertó aquel día Gregorio Samsa? Kafka dice que con la forma informe de un coleóptero o así. Yo me desperté hoy como si me faltara algo. Un brazo o cuatro dedos. En los últimos días, pese a un optimismo que no se correspondía con la realidad, había previsualizado el cierre de LA VOZ. Lo que veía me producían sudores fríos y sueños traumáticos. Me quedé corto. Hoy al despertarme sentí el síndrome del miembro fantasma, esa percepción del dedo mutilado que se cree vivo y así se lo hace sentir a su dueño. Hoy busqué LA VOZ en los kioskos y me pareció verla allí, me reclamaba con su cabecera azul, hermosa. Intenté comprarla pero fue inútil. Fui a la redacción y allí hablamos, saludamos a antiguos compañeros (una gran emoción), recogimos viejos cuadernos. Ahora vivimos nuestra terapia de grupo, el duelo. La aflicción. Y pensamos en nuestros lectores. A los que hemos dejado en la estacada, huérfanos. Lo sentimos, pero no fue nuestra culpa.

Aquella noche, tras redactar la información sobre la Operación Regreso, el pipiolo de categoría llegó a la pensión de mala muerte en la que vivía. Estaba aún nervioso. En la cama, meditabundo, sin poder dormir, pensó que la experiencia de LA VOZ podría merecer la pena.

Y así fue.



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